ÁGORA: DIÁLOGO ETICA-RELIGIÓN , una apuesta por el ser humano, la solidaridad y la vivencia de los valores evangélicos del REINO de DIOS

Finalidad

Es finalidad de esta página web, ayudar a descubrir la aportación de la Fe cristiana a los planteamientos éticos de nuestra sociedad globalibalizada. Partimos de un sencillo análisis de los acontecimientos y relaciones a lo largo del siglo XX, entre Fe y sociedad y los cambios que desde el Concilio Vaticano II, se han producido en la Iglesia.
Este análisis nos ayudará a comprender las dificultades y problemas que la Iglesia y los creyentes tenemos actualmente en nuestars relaciones con la sociedad civil.

"Nada hay de verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón", ( Gaudium et spes n.1).

Los cristianos disponemos de una gran ayuda para la interpretación del conjunto de los acontecimientos históricos si observamos las grandes líneas del magisterio de la Iglesia. Por una parte, su carácter católico da a la Iglesia una perspectiva universal difícilmente comparable con la de cualquier otra institución social.

Por otra, su carácter eminentemente histórico, en cuanto se sustenta en la "comunión" de los testigos de un acontecimiento histórico, la encarnación del Verbo de Dios, actualizada permanentemente por la acción del Espíritu y la sucesión apostólica, le hace estar atenta a las voces del tiempo, buscando en ellas los signos de la presencia de Aquél que la antecede como "camino, verdad y vida" en la realización del sentido de la existencia que es, simultáneamente, realización del sentido de la historia. Observar el magisterio es observar cómo la Iglesia observa desde aquella tradición sapiencial que abraza al mundo entero, con la mirada propia del amor de predilección por el destino de cada hombre, "única creatura que Dios ha querido por sí misma, creada a "Imagen y semejanza de Dios Creador", como criatura única e irrepetible a nivel personal.

Los conflictos ideológicos del siglo XX.

Los desafíos para el cristianismo han sido a lo largo del siglo XX: en un inicio el positivismo, historicismo, laicismo, liberalismo, marxismo, modernismo y nihilismo, , después de la Segunda Guerra Mundial, aparecen el pragmatismo, del eclecticismo y del cientificismo, más cercanos al ocaso de las grandes ideologías del progreso humano y el nacimiento de una civilización tecnológica, dominada crecientemente por la ciencia experimental. Si en la primera mitad del siglo el antropocentrismo -común a estas tendencias- parecía ocupar victorioso el antiguo lugar del teocentrismo, poniendo al ser humano "como medida de todas las cosas", según la antigua afirmación de Protágoras, en la segunda mitad del siglo el propio antropocentrismo comienza a ser desplazado por una visión más bien antropofóbica que tiene la pretensión de atribuir a la evolución de la sociedad un carácter autopoiético, autónomo en relación a la conciencia humana, y que sólo la sociedad misma, haciendo uso de un paradigma constructivista de la ciencia que pueda liberarla de sus presuposiciones metafísicas tradicionales, estaría en condiciones de autodescribir y comprender.

En general el siglo XX ha sido bastante hostil con la tradición del pensamiento cristiano, tanto con la metafísica como con la ética, no obstante los incontables esfuerzos de renovación y diálogo emprendidos por grandes filósofos católicos tales como Newman, Rosmini, Maritain, Gilson, Stein, Soloviev, para mencionar algunos de los más importantes.

La Iglesia durante todo el siglo, se ha visto en la necesidad de enseñar pacientemente al hombre de hoy que la fe cristiana no sólo no es obstáculo para la libertad humana, sino que la realiza en su expresión más alta. En sentido negativo, mostrando a la razón cuáles son los falsos ídolos que ella puede construir, consciente o inconscientemente, en su deseo de Absoluto. No todo lo que aparece como una elección libre, de verdad lo es. Bajo la apariencia de una libertad de elección, apenas logra ocultarse la dependencia de las personas a las grandes corrientes de opinión, a las supuestas inclinaciones de la mayoría, a la voz de los poderosos y exitosos o a las situaciones de hecho. La fe auténtica muestra los pies de barro en que se sustentan los ídolos, ayudándole a la razón a salir de su propio encierro y a abrir el horizonte de su visión a la presencia del Misterio.

No se puede negar que las tensiones ideológicas que acompañaron al período de la guerra fría pusieron a los cristianos muchas veces en bandos contrapuestos, desdibujándose el sentido de unidad de su presencia social. Siendo el magisterio de la Iglesia, por su misma naturaleza, el punto de referencia de la comunión cristiana, no es de extrañar que fuese contestado por los propios cristianos, divididos ideológicamente entre sí, quienes por su parte, perdida toda referencia a la unidad eclesial, quedaron totalmente desprotegidos frente a las tendencias de secularización que han acompañado todo el siglo XX. Así se comprende la paradoja de la polémica recepción del Concilio Vaticano II en los años inmediatamente siguientes a su realización. Mientras el tiempo transcurrido y la constante interpretación de sus textos realizada por el magisterio pontificio nos permiten entender ahora mucho más profundamente la dimensión orgánica de todas sus enseñanzas, como también la actualidad de su diálogo evangelizador con la sociedad y la cultura de esta época, la distorsión de la mirada introducida por el secularismo en sus distintas variantes, hizo obscurecer, en su momento, el juicio sobre los nuevos desafíos introducidos por la mentalidad fundada en el "pensamiento débil", la idolatría del poder y de la riqueza y el ateísmo práctico. Y aunque este secularismo haya afectado la totalidad del pensamiento en sus diversos órdenes, fue la Doctrina Social de la Iglesia la que sufrió una más honda desvalorización, puesto que aparecía ante los ojos de la sociedad que los mismos cristianos no tenían acuerdos esenciales entre ellos y que las opciones ideológicas eran anteriores y superiores a los criterios ofrecidos por el magisterio.

Una desafección tan honda con la tradición representada por el magisterio sólo podía ser superada por una intervención extraordinaria del Espíritu Santo en la renovación de la vida eclesial, en la experiencia misma de la comunión. Podemos dar gracias a Dios de que esa renovación efectivamente se ha producido y nuevos movimientos nacidos a lo largo y ancho del mundo, donde la Iglesia se extiende, han puesto a la Iglesia nuevamente en camino de una presencia evangelizadora y misionera en el corazón de las culturas de nuestra época. Esta esperanza en una "primavera de vida cristiana" como endicaba el Papa Juan Pablo II Tertio Millennio Adveniente n.18

La modernidad y la cuestión social

Las formulaciones ideológicas, no logran comprenderse en toda su dimensión si no se los refiere a las condiciones sociales específicas en los que dejan sentir su influencia y a los problemas que intentan resolver.

El fenómeno social se presenta a la conciencia humana durante el siglo pasado como la consolidación de la sociedad industrial, primero, su evolución hacia la sociedad post-industrial, después, y en su fase más reciente, la emergencia de la así llamada sociedad tecnológica globalizada.

Los efectos de la primera etapa de este proceso causado por la industrialización acelerada: el inicio de un agudo proceso de concentración urbana por la migración masiva desde las zonas rurales, la extensión del mecanismo del mercado al trabajo humano, convirtiéndolo en mercancía, con la consiguiente tensión entre trabajo y capital, la formación del proletariado urbano como actor social que demanda nuevos derechos y exige formas de participación social y política, y finalmente, la exigencia que pone todo este proceso a los Estados nacionales en materia de seguridad, para garantizar los logros alcanzados y para fomentar el desarrollo entre quienes se quedan rezagados.

La magnitud de estas transformaciones hace surgir la conciencia de que el desarrollo económico no es el resultado espontáneo de la coordinación de intereses privados por parte de una supuesta mano invisible, sino una empresa colectiva de ingentes inversiones públicas y privadas, con intereses competitivos y en conflicto, con consecuencias geopolíticas y con resultados que no sólo afectan el corto plazo sino que condicionan también la vida de las futuras generaciones. La tensión ideológica entre tradición y progreso, entre iusnaturalismo y positivismo se desplaza progresivamente hacia la tensión entre individuo y sociedad, puesto que se hace visible la desproporción entre la pequeñez e insignificancia social de la vida de cada ser humano, individualmente considerado, y la fuerza colectiva que puede desarrollar una sociedad económica y políticamente organizada.

En este contexto, el magisterio de la Iglesia ha mantenido a lo largo de todo el siglo la defensa incondicional de la dignidad de cada persona humana, con independencia de su capacidad laboral, de su productividad social, de su éxito económico. El valor de la persona por el exclusivo hecho de existir, se vuelve cada vez más incomprensible para quienes de forma ideológica o práctica comienzan a ver en el poder de masas y en la fuerza de la agregación social la única oportunidad de conseguir bienestar y de garantizar la sobrevivencia y el desarrollo de los pueblos. Que el siglo haya debido soportar dos guerras mundiales devastadoras, se puede entender mejor en el contexto de este colectivismo generalizado, como también la aparición de regímenes totalitarios, precisamente entre aquellas naciones que tenían conciencia de su pequeñez o atraso relativo en relación a las que comenzaron antes su proceso de industrialización y que buscaban acortar a "marchas forzadas" la distancia social producida por la nueva escala de agregación de valor, a cuyo logro cualquier precio era considerado justificado, fuera éste el sacrificio de una generación de personas o de todos aquellos que, por diversas razones sociales, no calificaban para esta empresa.

La Iglesia, durante este período, no se cansó de proponer una y otra vez el principio de subsidiariedad como el criterio rector para garantizar la justicia y el bien común de la sociedad, la libertad y soberanía de la persona humana y de los grupos intermedios a los que ella está naturalmente ligada: la familia, la escuela, la comunidad laboral, las asociaciones de libre pertenencia, la comunidad religiosa, la nación. Es bastante conocida, por ejemplo, la influencia del así llamado "catolicismo social" en Europa, sin el cual sería casi inimaginable su reconstrucción después de la segunda guerra, e incluso, aunque no se lo quiera reconocer, su actual proceso de unificación. La Doctrina Social fue también fuente de inspiración por doquier para algunas de las experiencias sociales y políticas que intentaban la búsqueda de un camino propio y soberano, dando lugar, en algunos casos, a la formación de partidos políticos de inspiración cristiana, o estimulando, en otros, el asociacionismo y la sindicalización de los trabajadores en búsqueda de mayor justicia social, todo ello bajo el marco directivo de la subsidiariedad.

Es un acto de justicia reconocer que la Iglesia no sólo propone este principio a nivel doctrinal, sino que estimula a los cristianos a su constante encarnación en obras, nacidas y sostenidas por la communio eclesial. Por ello, también habría que destacar la imponente obra misional realizada a nivel mundial durante todo el siglo, obstaculizada y muchas veces martirizada por las reacciones nacionalistas y las alineaciones estratégicas de los pueblos más pequeños y marginales con los grandes bloques geopolíticos e ideológicos, pero pese a ello, siempre constante y perseverante.

A pesar de la críticas en las sociedades occidentales, y en honor de la verdad, la escuela católica ha llegado a ser una institución prácticamente universal que ha cruzado, además, todos los estratos de la sociedad, desde los campesinos y obreros urbanos hasta las clases dirigentes, pasando por las clases medias emergentes en búsqueda de movilidad social. Puede decirse que la presencia cristiana contribuyó a aliviar en forma consistente las angustias de la marginalidad social de los grupos emergentes fomentando su integración y participación en los beneficios del desarrollo, y creó tantas obras de caridad y de asistencia a la población que, en no pocos países, formaron un verdadera infraestructura de desarrollo social que ha sido, en parte, el soporte para la acción social posterior de los propios Estados. Cuando Pablo VI califica a la Iglesia ante la ONU como "experta en humanidad" hace justicia a la silenciosa labor de miles de cristianos repartidos por el mundo, comprometidos con la evangelización y la promoción humana.

El paradigma actual de la modernización y globalización

Sobre el concepto de globalización, hay que destacar las siguientes características:

* El criterio rector de esta etapa no parece ser la profundización de la cultura o, lo que viene a ser lo mismo, de la "soberanía" de los pueblos y de sus culturas, como recordó Juan Pablo II ante la ONU en 1995, sino la eficiencia económica, medida por los resultados, sobre todo con criterios cuantitativos, es decir, monetarios. Ello ha llevado a que el mecanismo de mercado se extienda progresivamente a todas las áreas importantes de la vida social, especialmente, al nuevo sector de los servicios.

* La misma cultura, la salud, la educación, el arte y hasta la procreación humana asistida han pasado a regularse con criterios de mercado, fenómeno verdaderamente nuevo en la historia de la humanidad.

* Igualmente la libertad, como capacidad de elegir razonablemente entre alternativas, comienza a modelarse bajo este mismo criterio, lo que ha significado generalizar el principio de la comparabilidad e indiferencia en la toma de decisiones.

* Surge como actitud social la reivindicación de la neutralidad ética del Estado y de todas las instituciones públicas, y con ello, al abandono de todo criterio antropológico que permita juzgar las decisiones sociales desde el valor y el significado de la persona humana. En el plano ideológico se lo intenta fundar con la idea de un pluralismo ético sin fronteras, con la idea de la tolerancia al disenso y con la descalificación como intolerantes de quienes defienden valores absolutos. Esto explica también, en buena medida, que la voz de la Iglesia resulta ser crecientemente una "voz que clama en el desierto", incluso para muchos bautizados.

* Cuando la sustituibilidad de la persona humana se pone como condición práctica del desarrollo económico y social se hace imposible la justicia como valor rector de la convivencia social, que aspira a dar, precisamente, a cada uno lo que le es debido. Se está creando en todo el mundo un peligroso dualismo entre lo que se proclama como normas de derecho vinculantes para las personas y los Estados y la práctica habitual que suspende esta obligación o directamente la contradice en nombre de una solución eficaz. Mientras se observa, por una parte, un "Estado de derecho" cada vez más complejo y sofisticado, crece en todos los ámbitos el comportamiento extralegal: la corrupción, el tráfico de sustancias ilícitas, la suspensión de los derechos del trabajo y de la seguridad social, el crimen organizado, el recurso a la violencia. Grupos enteros de personas son víctimas de estas trágicas formas de exclusión social en muchas regiones del planeta, cuando no son sometidos a la lógica del desangramiento y exterminio de las variadas formas de guerras "locales".

Todos estos hechos son signos inequívocos de una mentalidad verdaderamente "neo-malthusiana" que, de hecho, no reconoce otro criterio rector de la conducta social que la selección "natural" de los más fuertes, con la aclaración, evidentemente, que ahora hay que entender por "natural" no sólo la espontánea manifestación del instinto de sobrevivencia, sino también la eficaz ayuda que presta el conocimiento científico y las complejas tecnologías de procesamiento, elaboración y transmisión de información. Al considerar las tendencias del desarrollo histórico de la cultura occidental después de la caída del muro de Berlín y la creciente homologación de los modelos para tomar decisiones, no puedo sino admirarme ante esta tan aguda descripción de la situación. El "esprit polytechnique", sin embargo, ha pasado a dominar no sólo las actividades sociales, sino la definición de lo humano como tal.

"El individuo hoy día queda sofocado con frecuencia entre los dos polos del Estado y del mercado... Da la impresión a veces de que existe sólo como productor y consumidor de mercancías, o bien como objeto de la administración del Estado, mientras se olvida de que la convivencia entre los hombres no tiene como fin ni el mercado ni el Estado..."El hombre es, ante todo, un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla en un diálogo continuo que implica a las generaciones pasadas y futuras". ( Centesimus annus n.49)

Al observar esta antinomia podemos entender mejor la urgencia y hasta la dramaticidad de que la cultura recupere la tradición sapiencial, interrogándose por el sentido último de todo, es necesario confiar en la capacidad metafísica de la razón humana para buscar a Dios incansablemente en toda experiencia natural y humana.

"El patrimonio de los valores heredados y adquiridos es siempre objeto de contestación por parte de los jóvenes. Contestar, por otra parte, no quiere decir necesariamente destruir o rechazar a priori, sino que quiere significar sobre todo someter a prueba en la propia vida y, tras esta verificación existencial, hacer que esos valores sean más vivos, actuales y personales, discerniendo lo que en la tradición es válido respecto de falsedades y errores o de formas obsoletas, que pueden ser sustituidas por otras más en consonancia con los tiempos". ( Centesimus annus n.50)

En la situación actual, se trata, de la verificación existencial de los bienes culturales que han dado sentido a nuestra historia. ¿Y cuáles son los lugares propios de esta verificación existencial? La familia, la escuela, la universidad, el trabajo, las comunidades y movimientos eclesiales, las obras. En otras palabras, cualquier lugar en que es necesario tomar una decisión para la existencia y asumir una responsabilidad compartida sobre ella. Necesitamos que esa racionalidad sapiencial que nos invita el Santo Padre a redescubrir y profundizar en el diálogo de la razón y la fe sea transmitida como una experiencia de vida que pueda ser verificada.

Ésta es la expresión más auténtica de la solidaridad intergeneracional que sostiene la vida personal y social, como don recibido y como don entregado. La confianza en la razón que se abre conmovida a la experiencia de la gracia, que se arrodilla humilde y obediente ante el umbral del Misterio, ante el don increado "es el acto más significativo de la propia existencia; en él... la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma". ( Fides et Ratio n.13). La libertad que brota cuando el ser humano alcanza la certeza de la verdad es el testimonio de esperanza que el mundo necesita

El tiempo de la humanidad, es el tiempo de la responsabilidad ética. La creación está en manos de la libertad del ser humano.
La Providencia divina sugerirá, pero nunca impondrá los comportamientos a la persona humana, personal o socialmente.
Esta página está centrada en cuestiones éticas básicas, tanto generales como concretas y puntuales.
El punto de partida en mantener el diálogo de la fe y la cultura. La dinámica de la págia de basa en dos principios básicos que constituyen su inspiración: EVANGELIO Y LIBERACIÓN.
La BUENA NUEVA, que es el EVANGELIO, expresa la cercania de Dios a la humanidad y supone un compromiso divino de liberación integral y colectiva; la liberación que surge de la Fe cristiana es una tarea y reto permanente, que en estos albores del Nuevo Milenio presenta rasgos grave y urgentes para muchos pueblos de la tierra.
A partir de la ciencias biblico.teológicas y de las distintaas ciencias humanas, iremos explorando los caminos que se nos ofrecen en este reto de la liberación y vivencia del Reinado de Dios.
CRISTO, ALFA y OMEGA, está con nosotros, en la celebración de la EUCARISTÏA. CRISTO, se nos da como alimento de vida eterna, en el pan eucarístico.
A modo de ejemplo se señalan a continuación algunos de los temas que proponemos inicalmente como inicio de nuestra reflexión. Otros irán apareciendo graciaas a la acción del Espíritu Santo y a todos vosotros.
La lista siguiente está pues, abierta a otros temas o cuestiones, que se vayamos sugeriendo: